UN CANCILLER A DESTIEMPO Y UN FUNERAL VIKINGO
(Artículo de Ascanio Cavallo)
Foxley fue un canciller en el momento equivocado. Así y todo, fue un buen canciller, a pesar de verse limitado por los mensajes de La Moneda que le recordaron durante tres años que la política exterior es facultad exclusiva de la Presidenta. En cuanto a Vidal, ni el más ingenuo de los observadores podría ignorar que lo suyo fue un funeral vikingo.
Alejandro Foxley libró algunas de sus batallas más apasionadas contra la Cancillería a comienzos de los 90, cuando estimaba que la parsimonia de la diplomacia amenazaba con arnzinar la gran oportunidad de convertir la reinserción internacional de Chile en instrumentos eficaces de desarrollo, como los tratados de libre comercio.
Los grandes TLC se fraguaron y firmaron durante los gobiernos de Aylwin y Frei, y en el de Lagos Chile logró el récord como el país con más tratados del mundo. Por vocación, Foxley debió ser el canciller en alguno de esos momentos estelares, y es posible que un cierto atavismo de aquellos tiempos le hiciera aceptar el Ministerio de Relaciones Exteriores cuando se lo ofreció la Presidenta Michelle Bachelet.
Pero los tiempos ya eran otros. Los TLC que restaban eran pocos y más bien disímiles: desde uno notable por su singularísima complejidad, como el de Japón, hasta otro que de gesto amistoso ha derivado en incordio, como el de Perú, enrumbado a parecer más un imbunche que un tratado fluido.
Foxley fue canciller en el momento equivocado. Así y todo, fue un buen canciller, a pesar de verse limitado por los mensajes de La Moneda que por tres años han recordado, más en privado que en público, que la conducción de la política exterior es una facultad exclusiva de la Jefatura del Estado.
El jueves, tras conocerse su salida del gabinete, hizo un esfuerzo por ganar la batalla de la interpretación, sosteniendo que se equivocaría quien leyese su renuncia como algo más que un deseo personal. Pensaba, probablemente, en Perú, donde en efecto hubo quienes sostuvieron que era defenestrado por sus dichos sobre el debate del TLC; o en Cuba, donde terminó siendo la cabeza fría y firme dentro de un viaje devenido pesadillesco; o en Argentina, con su gusto por el complot, o incluso en la oposición local, con su traje de combate de ano electoral.
Y es verdad que esas interpretaciones sobrepasan la naturaleza personal de su renuncia, sus ganas de dedicarse a otras cosas, menos frenéticas y quizás más sustanciales.
Pero ningún canciller deja su puesto si se siente a gusto. Foxley no lo estaba pasando bien. Excluido del comité político, a cargo de un ministerio conspirativo y laberíntico, con escasos instrumentos de gestión para las tareas invisibles y ninguno para las cosas más visibles, el canciller notaba que el cargo que deseó en los 90 se había licuado en el circuito personal de la Presidenta.
Tampoco debe haberlo pasado bien este fin de semana, cuando su renuncia se vio bruscamente asociada a otros dos cambios ministeriales, como si se tratara de una remodelación del gabinete y no de un acto individual.
Sobre todo, porque uno de esos cambios -el desplazamiento de Francisco Vidal desde la voceria hasta Defensa- se convirtió en la principal sorpresa política del episodio.
Con el estoicismo que ya es su marca, Vidal se declaró "feliz" con su traslado; pero ni el más ingenuo de los observadores podría ignorar que el suyo ha sido un funeral vikingo, una inmolación ejecutada con honores para quien era, hasta el jueves, una de las figuras protagónicas del gobierno. La misericordia de un disparo en defensa propia.
Se ha dicho que el estilo de Vidal era un tanto disonante con el de la Presidenta y que sus excesos verbales podrían resultar inconvenientes en un momento en que el país está asustado. Esto, que puede ser cierto, ignora la inteligencia intuitiva de Vidal, que percibió, en la todavía vigente demora de la Concertación por definir su carta presidencial, un vacío en la esfera pública que seria llenado por la oposición. Durante todo el verano, Vidal ocupó ferozmente ese vacío, con sus despiadados ataques a Karla Rubilar o sus respuestas sobre Chaitén, sus recuerdos de Pinochet o sus invectivas contra Sebastián Piñera.
La salida de Vidal revela dos cosas. La primera es un debate en el gobierno y en la Concertación acerca de cuál es el "tono estratégico" del 2009. Unos opinan que la vehemencia -del tipo Vidal- sería necesaria para contener y minar al candidato opositor; otros, que ese estilo terminaría por dañar a La Moneda y, por lo tanto, las posibilidades de su candidato. Esta segunda línea, encabezada por los ministros Edmundo Pérez Yoma y José Antonio Viera-Gallo, parece haber triunfado por sobre el juego de la lealtad personal que por mucho tiempo desplegó con destreza el ministro Vidal.
La segunda es una decisión algo más sutil. Al sustituir a su elemento más combativo por una figura como Carolina Tohá, La Moneda indica un reordenamiento de sus prioridades, en el que la situación dominante la ocupará la protección de la popularidad de la Presidenta, con una discreta retirada de la primera línea de la contienda electoral. La prioridad segunda será la de ganar las elecciones de este año, pero a través de figuras y métodos menos estridentes que los que Vidal personificaba.
Las dos cosas suponen un giro delicado, aunque importante, en la conducción del gobierno para los próximos 12 meses. Gruesamente: si La Moneda ve que su candidato no prende, se distanciará cada vez más, defendiendo su primera prioridad. Si, por el contrario, las posibilidades del candidato aumentan, desplegará sus recursos para fortalecerlo.
El último significado de esto es que, a pesar de tener la apariencia de un último cambio, los ministros actuales no están asegurados hasta que no se vea con claridad cómo evoluciona la lucha electoral.
Alejandro Foxley libró algunas de sus batallas más apasionadas contra la Cancillería a comienzos de los 90, cuando estimaba que la parsimonia de la diplomacia amenazaba con arnzinar la gran oportunidad de convertir la reinserción internacional de Chile en instrumentos eficaces de desarrollo, como los tratados de libre comercio.
Los grandes TLC se fraguaron y firmaron durante los gobiernos de Aylwin y Frei, y en el de Lagos Chile logró el récord como el país con más tratados del mundo. Por vocación, Foxley debió ser el canciller en alguno de esos momentos estelares, y es posible que un cierto atavismo de aquellos tiempos le hiciera aceptar el Ministerio de Relaciones Exteriores cuando se lo ofreció la Presidenta Michelle Bachelet.
Pero los tiempos ya eran otros. Los TLC que restaban eran pocos y más bien disímiles: desde uno notable por su singularísima complejidad, como el de Japón, hasta otro que de gesto amistoso ha derivado en incordio, como el de Perú, enrumbado a parecer más un imbunche que un tratado fluido.
Foxley fue canciller en el momento equivocado. Así y todo, fue un buen canciller, a pesar de verse limitado por los mensajes de La Moneda que por tres años han recordado, más en privado que en público, que la conducción de la política exterior es una facultad exclusiva de la Jefatura del Estado.
El jueves, tras conocerse su salida del gabinete, hizo un esfuerzo por ganar la batalla de la interpretación, sosteniendo que se equivocaría quien leyese su renuncia como algo más que un deseo personal. Pensaba, probablemente, en Perú, donde en efecto hubo quienes sostuvieron que era defenestrado por sus dichos sobre el debate del TLC; o en Cuba, donde terminó siendo la cabeza fría y firme dentro de un viaje devenido pesadillesco; o en Argentina, con su gusto por el complot, o incluso en la oposición local, con su traje de combate de ano electoral.
Y es verdad que esas interpretaciones sobrepasan la naturaleza personal de su renuncia, sus ganas de dedicarse a otras cosas, menos frenéticas y quizás más sustanciales.
Pero ningún canciller deja su puesto si se siente a gusto. Foxley no lo estaba pasando bien. Excluido del comité político, a cargo de un ministerio conspirativo y laberíntico, con escasos instrumentos de gestión para las tareas invisibles y ninguno para las cosas más visibles, el canciller notaba que el cargo que deseó en los 90 se había licuado en el circuito personal de la Presidenta.
Tampoco debe haberlo pasado bien este fin de semana, cuando su renuncia se vio bruscamente asociada a otros dos cambios ministeriales, como si se tratara de una remodelación del gabinete y no de un acto individual.
Sobre todo, porque uno de esos cambios -el desplazamiento de Francisco Vidal desde la voceria hasta Defensa- se convirtió en la principal sorpresa política del episodio.
Con el estoicismo que ya es su marca, Vidal se declaró "feliz" con su traslado; pero ni el más ingenuo de los observadores podría ignorar que el suyo ha sido un funeral vikingo, una inmolación ejecutada con honores para quien era, hasta el jueves, una de las figuras protagónicas del gobierno. La misericordia de un disparo en defensa propia.
Se ha dicho que el estilo de Vidal era un tanto disonante con el de la Presidenta y que sus excesos verbales podrían resultar inconvenientes en un momento en que el país está asustado. Esto, que puede ser cierto, ignora la inteligencia intuitiva de Vidal, que percibió, en la todavía vigente demora de la Concertación por definir su carta presidencial, un vacío en la esfera pública que seria llenado por la oposición. Durante todo el verano, Vidal ocupó ferozmente ese vacío, con sus despiadados ataques a Karla Rubilar o sus respuestas sobre Chaitén, sus recuerdos de Pinochet o sus invectivas contra Sebastián Piñera.
La salida de Vidal revela dos cosas. La primera es un debate en el gobierno y en la Concertación acerca de cuál es el "tono estratégico" del 2009. Unos opinan que la vehemencia -del tipo Vidal- sería necesaria para contener y minar al candidato opositor; otros, que ese estilo terminaría por dañar a La Moneda y, por lo tanto, las posibilidades de su candidato. Esta segunda línea, encabezada por los ministros Edmundo Pérez Yoma y José Antonio Viera-Gallo, parece haber triunfado por sobre el juego de la lealtad personal que por mucho tiempo desplegó con destreza el ministro Vidal.
La segunda es una decisión algo más sutil. Al sustituir a su elemento más combativo por una figura como Carolina Tohá, La Moneda indica un reordenamiento de sus prioridades, en el que la situación dominante la ocupará la protección de la popularidad de la Presidenta, con una discreta retirada de la primera línea de la contienda electoral. La prioridad segunda será la de ganar las elecciones de este año, pero a través de figuras y métodos menos estridentes que los que Vidal personificaba.
Las dos cosas suponen un giro delicado, aunque importante, en la conducción del gobierno para los próximos 12 meses. Gruesamente: si La Moneda ve que su candidato no prende, se distanciará cada vez más, defendiendo su primera prioridad. Si, por el contrario, las posibilidades del candidato aumentan, desplegará sus recursos para fortalecerlo.
El último significado de esto es que, a pesar de tener la apariencia de un último cambio, los ministros actuales no están asegurados hasta que no se vea con claridad cómo evoluciona la lucha electoral.
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